El Valle de Arán; nuestro delicioso après-ski

Los que me conocéis sabéis que el Valle de Arán es para mí un lugar muy especial al que llevo yendo desde mi infancia, y es verdad que tenía pendiente desde hace muchísimo tiempo pararme a escribir un post en el que compartir con vosotros mis rincones favoritos para comer y cenar después de la jornada de esquí. Y es complicado, complicado porque son muchos años, muchos recuerdos y muchos cambios, sin embargo, la gastronomía aranesa lo hace todo más sencillo porque comer aquí siempre es, además de un placer, una apuesta segura.

Imagen: Visit Val d´Aran

Mis favoritos

No hay viaje que haga a la nieve sin visitar Era Torrada, en Casarilh. Si sólo tuviera una noche para cenar, sin duda ésta sería mi elección, por su sencillez, su buen hacer, su humildad y porque para mí tienen la mejor carne del Valle. Punto. Es así de sencillo. A todo ello le sumaría un precio excelente (30 euros/persona) y un equipo familiar encantador. Su carta es extensa y variada, y en ella no faltan las torradas o tostas, abundantes y deliciosas ensaladas, elaboraciones de caza o sus albóndigas caseras con tomate y ceps. Sin embargo, mi menú siempre es el mismo: olla aranesa y entrecot de buey a la brasa, combinación ganadora si además la acompañamos de una copa de vino de la casa y rematamos con su piña con crema catalana.

En Bagergue me quedo con Unhola, escondido en un entorno privilegiado de plena naturaleza y tranquilidad. Este restaurante se fundó en 1985 y fue un fiel defensor de la cocina aranesa más tradicional hasta 2008, fecha en que comenzó su evolución hacia propuestas más novedosas y sorprendentes, en las que la gastronomía vasca ganó protagonismo. Su combinación de recetas de toda la vida, el mejor producto de la tierra (tanto a nivel de carnes y pescados, como de verduras y hortalizas) y un ligero toque vanguardista lo convierten en apuesta segura. La ensalada templada de codornices, el bacalao confitado en aceite de guindilla sobre fondo de salsa vizcaína, o la hamburguesa de lubina salvaje, son una buena muestra de ello.

Completo mi “trío de ases” con Al i Oli, en Viella. Tan minúsculo como encantador y acogedor para las noches de invierno, en las que sus brasas no dejan de desprender calor. En ellas se potencian los sabores de las mejores carnes y butifarras, productos de temporada como las alcachofas o los calçots, unos sabrosos caracoles “a la llama”, boletus e incluso su olla aranesa. Se rigen por los apuntes básicos de la cocina tradicional catalana, por lo que tampoco falta el pan tumaca o una impecable escalivada, y su lema principal es que todo cliente que entra, debe salir como un amigo. Los postres caseros como la tarta de queso y la crema catalana, y su correcta selección de vinos ponen el broche de oro a la visita.

Los de siempre

No puedo negar que además de mis preferidos, el Valle está repleto de pistas en las que comer de maravilla, esos restaurantes que yo considero como “los de siempre” a los que mis padres nos llevaron temporada tras temporada, y a los que me encanta volver para recordar y ser testigo de los cambios y la evolución que van adquiriendo.

Entre ellos está Casa Rufus, en Gessa, que da servicio dentro de una casa típica aranesa, y que presenta una cocina tradicional, sencilla y elaborada con materia prima de la zona. Aquí es imprescindible probar su sopa de cebolla, los exquisitos medallones de ciervo a la brasa o un sorprendente carpaccio de salmón. En Casa Turnay, en Escunhau, también me encanta revivir los buenísimos recuerdos de mi infancia. Llevan desde 1977 ofreciendo una gastronomía artesana elaborada con productos propios. Sus patés caseros, la tortilla, la olla aranesa (según dicen, la mejor del Valle), sus carnes y sus platos de caza hacen las delicias de todo el que quiera reconfortar cuerpo y alma. Los postres caseros, como era de esperar, son otra auténtica delicia.

Casa Irene, en Arties, quizá sea el restaurante más destacado, tanto por su historia como por la categoría de sus propuestas, siempre un paso por delante de los demás. Fue inaugurado en 1974 como un pequeño hotel de montaña, el sueño hecho realidad de Irene España, su fundadora, quien daba de comer a sus clientes con las recetas que ella misma cocinaba con lo mejor del día. Eran míticas sus codornices, que por entonces servía a modo de aperitivo y que anunciaban que la de esa noche sería una gran cena. Aquel mimo y la personalidad de Irene han quedado reflejados en una carta de excepción con la que dejarse llevar y disfrutar de platos como el canelón de oca con confitura de tomate y colmenillas, o un lomo ecológico de ternera Bruna del Pirineo y salsa bearnesa. El menú (primero, segundo y postre) tiene un precio de 40 euros.

Últimos descubrimientos

Salardú ha vivido esta temporada una revolución gastronómica gracias a Wellbourne, instalado en el precioso y apacible antiguo chalet de golf. En su sala Charles Packe, con cocina a la vista, sirven un menú (90 euros) sofisticado y sorprendente en el que aúnan el producto local con técnicas e ingredientes que vienen desde Reino Unido o Nueva Zelanda gracias a sus chefs Ross Gibbens, Michael Kennedy y James Goodyear. En el espacio de cocina ininterrumpida, más relajado e informal, lo ideal es compartir sus propuestas, y rematar la visita en su rincón con chimenea y sofás, perfecto para tomarse esa última copa o un gin tonic a media tarde. En Cocinillas de El Español os cuento nuestra visita completa.

De picoteo

Para un picoteo más desenfadado nada más bajar de las pistas o una tarde-noche de pinchos, Urtau es el nombre que a todos se nos viene a la cabeza. Sus dos locales, en Viella y Arties, se llenan de clientes desde la hora de comer y permanecen prácticamente así hasta su cierre. Sus barras son el escaparate de una genial selección de pinchos, tapas y pequeñas tapas, perfectas para acompañar una buena cerveza. Y si lo vuestro son las croquetas, Vielhitos´s Bar, en Viella, cuenta con un montón de ellas, elaboradas cada día con ingredientes irresistibles. Aquí el plan es disfrutar del ambiente con una copa de vino, su música en directo y con una carta sencilla que promete alegrar estómagos y corazones.